Más allá del refugio: Por qué la vivienda de emergencia debe entenderse como un motor económico familiar

Una investigación en asentamientos de Atacama revela que hasta un 18% de las familias transforma sus módulos temporales en espacios productivos liderados principalmente por mujeres.

El modelo tradicional de respuesta postdesastre en Chile opera bajo una premisa lineal: primero se entrega un techo básico para la protección física y, mucho tiempo después, se piensa en la reactivación económica de los afectados. Sin embargo, la realidad en los territorios demuestra que la recuperación socioeconómica no espera.

Un reciente estudio titulado «Vivienda productiva. Espacios domésticos y de trabajo en las viviendas de emergencia en Chile», publicado en la revista ARQ por la investigadora principal de Cigiden R+, Elizabeth Wagemann, junto a Germán Guzmán, Natalia Donoso y Matías Quiroz, pone en jaque el mito de la «transitoriedad» de los campamentos de emergencia y propone entender la casa como un espacio híbrido.

A partir de un exhaustivo trabajo de campo en los barrios transitorios de Nantoco (Tierra Amarilla) y Diego de Almagro, surgidos tras los aluviones de 2015 en la Región de Atacama, el estudio analiza cómo el diseño institucional choca con las estrategias de supervivencia de las comunidades.

El motor económico inmediato de las familias

La investigación arrojó que en Nantoco un 18% de las viviendas de emergencia fueron transformadas en espacios económico-productivos, mientras que en Diego de Almagro la cifra llegó al 11%. Almacenes, peluquerías, amasanderías, talleres de costura e incluso desabolladurías conviven hoy bajo el mismo techo.

Este fenómeno desafía directamente la mirada asistencialista con la que el Estado suele abordar las catástrofes. Según explica Elizabeth Wagemann Farfán, coautora del estudio y Directora del Laboratorio Ciudad y Territorio (LCT) de la Universidad Diego Portales (UDP):

«Tradicionalmente, la respuesta postdesastre se ha estructurado de forma lineal y con un foco asistencial: primero se entrega un techo básico para la protección física y después se piensa en la recuperación económica de los hogares afectados. Sin embargo, nuestros estudios nos demuestran que la recuperación socioeconómica no espera, sino que ocurre de manera simultánea a la habitacional.»

Para la investigadora, entender este cruce cambia radicalmente el paradigma de la vivienda transitoria como solo «un techo»:

«Al revisar los casos de Nantoco y Diego de Almagro, nos dimos cuenta de que hasta casi una quinta parte de las familias transforma su vivienda de emergencia. Esto nos permite reconocer que las personas afectadas por un desastre no son solo receptoras pasivas de ayuda y que tienen agencia en el proceso de recuperación. Para muchos hogares la vivienda no es solo un espacio para dormir, sino que es el principal activo y el soporte del sustento familiar tras perderlo todo. Es relevante incorporar esta dimensión productiva porque se relaciona directamente con la capacidad de resiliencia y autonomía de las comunidades.»

El mito de los 24 m² y el llamado urgente al Estado

El Estado entrega un módulo estándar de 24 m², asumiendo que se habitará por pocos meses. En la práctica, los procesos de reconstrucción definitiva tardan años, transformando estas estructuras provisionales en soluciones de largo aliento. Para subsistir y adaptarse, las familias se ven obligadas a invertir recursos propios en ampliaciones extensas que llegan a rondar entre los 60 y 90 m².

Ante esta evidencia, los autores hacen un llamado urgente a organismos del Estado como el MINVU para avanzar más allá del mito de la “transitoriedad”.

«El llamado es a encontrar un equilibrio entre los sistemas estandarizados y la realidad habitada. Entregar un espacio reducido y rígido, asumiendo un tipo de familia estándar, no se condice con la diversidad de los hogares y las necesidades que tienen», enfatiza Wagemann.

Para superar la dicotomía de vivienda/trabajo desde el primer día, la propuesta de los investigadores apunta a tres ejes de acción:

Mujeres, cuidados y «espacios híbridos»

Uno de los puntos más críticos y con mayor impacto social de la investigación es la dimensión de género. Estos negocios familiares son liderados mayoritariamente por mujeres, quienes recurren al autoempleo dentro del hogar debido a que las tareas de cuidado (de infancias o personas mayores) les impiden ingresar al mercado laboral tradicional de horarios rígidos.

Wagemann explica que entender la casa como un «espacio híbrido» pone en crisis la noción tradicional de la vivienda, idealizada como un espacio destinado únicamente a la reproducción familiar y social:

«En las viviendas utilizadas también como espacio para la generación de ingresos, la separación entre lo público y lo privado se difumina. Nuestro proyecto permite visibilizar actividades económicas que suceden en el hogar, justamente porque los roles de cuidado limitan la posibilidad de parte de la población –principalmente mujeres– de participar en el mercado laboral tradicional. Esta investigación visibiliza este cruce entre el trabajo doméstico, de cuidado y el trabajo productivo (el que genera ingresos) y muestra que no ocurren en esferas separadas, sino que se superponen, tensionan y muchas veces comparten el mismo espacio físico.»

Exponer estos resultados, concluyen los investigadores, es el primer paso para reflexionar sobre la importancia de esta flexibilidad habitacional y comenzar a diseñar políticas urbanas y programas habitacionales públicos que incorporen estos múltiples usos de manera integral, protegiendo a las mujeres de la sobrecarga laboral y del aislamiento físico y social.